Mauricio Macri es el nuevo presidente de la Argentina y en este artículo enumeramos algunas razones que contribuyeron a la materialización del imposible en devenir inevitable…
Por Jorge Alberto Perea[1]
El destino
A las 18:01 hs. del domingo 22 de noviembre la gran mayoría de los medios de comunicación se apresuraron en informar que Mauricio Macri era el presidente electo de la República Argentina.
Pantallas de televisión, radios, portales de internet y páginas virtuales de los medios gráficos, replicaban distintas cifras que separaban al candidato de Cambiemos del candidato del FPV. Algunas encuestadoras colocaban a esta distancia en los doce puntos e incluso las más conservadoras especulaban con una brecha no menor a los cinco puntos. Detalles (y errores) al margen, esta era la certeza que teñía a los operativos pos electorales de un inevitable anticlímax.
Ausencia de sorpresas, de ansiedad y de morbo, si así quieren definirlo, en el primer ballotage electoral de nuestra historia.
¿Todos lo sabíamos? ¿Macri estaba destinado a ser presidente?…
Lo que aparenta ahora ser certidumbre, fuerza incontenible de los elementos, tránsito ineludible de un destino, estuvo en muchas ocasiones a punto de no ser. Para no retroceder hasta los inicios mismos de su prehistoria política personal basta con recordar solamente dos episodios.
El primero de ellos ocurrió el sábado 7 de julio de 2011. Luego de muchas idas y vueltas, Mauricio Macri anunció en una conferencia de prensa que no sería candidato en las elecciones presidenciales de ese año y, para desesperanza de quienes esperaban que enfrentara a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, decidió optar por un segundo mandato en la ciudad de Buenos Aires. Acompañado por sus funcionarios y dirigentes más cercanos aseguró que este era “el lugar mejor donde puedo hacer mi aporte a esa Argentina unida y en paz que queremos”.
Quien tuvo un peso determinante en esa decisión, fue Jaime Duran Barba, el publicitario ecuatoriano que lo orienta desde los inicios mismos de su trayectoria política. En el 2011, las encuestas mostraban el imparable aumento de la imagen positiva de la presidenta mientras, por el contrario, la figura de Mauricio Macri todavía generaba una importante cantidad de rechazos en votantes radicales, progresistas e independientes que personificaban en su figura a la “derecha” y al “pasado neoliberal”.
Para Duran Barba, difuminar al PRO y a Macri de esa calificación ideológica era condición necesaria para aspirar a mucho más. Para avanzar en ese objetivo se debía evitar una derrota inapelable en una elección imposible.
Poco después, el jefe de gobierno porteño sería reelecto con un 64% de los votos y en octubre también la presidenta conseguiría lo mismo, al lograr el 54% de los votos pero en la primera ronda electoral.
Se mantenía así el estatus quo vigente. Y en eso, para el PRO, estaría finalmente la ganancia. En los siguientes cuatros años, el escenario nacional consolidó la percepción colectiva de que ante la hegemonía del FPV, en Macri se encontraba el faro más consecuente de la oposición.
El segundo episodio ocurrió hace tan solo cuatro meses. Cuando se pudo realizar la habitual coreografía festiva en la sede porteña del PRO, luego de contar casi hasta el último voto. Ese 19 de julio, en un ballotage de infarto (todo lo opuesto al de este 22-N) el vicejefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta se impuso al “baby face” Martín Loustau por no más de tres puntos. Aseguró luego Macri que perder en Capital Federal “hubiese sido una catástrofe”, pues seguramente habría abandonado la carrera presidencial si se quedaba sin el sustento del distrito que servía de exitoso ejemplo nacional para la centro-derecha.
Fueron muchos los que, desde el FPV y la izquierda, alentaron el voto en blanco durante el tramo final de esa confrontación entre dos candidaturas que consideraban gemelas y luego, con los números en la mano, se arrepintieron puertas para adentro de una decisión que les impidió asestar al PRO un demoledor descalabro.
Ahora se sabe, lo que parecía una quimera, no hace tanto tiempo atrás, se fue materializando por causas y azares que conforman el caldo dulce del que beben los ganadores. Es la suma de los aciertos propios y de los errores ajenos lo que resuelve el saldo a futuro de los triunfos mínimos o de las derrotas exiguas en lo numérico, pero inapelables en sus consecuencias.
La alianza…
Sobre la superficie, Cambiemos entramó a la vieja estructura partidaria de la U.C.R, al minúsculo aparato de la Coalición Cívica y a los equipos de gestión y gobierno del PRO. Estas fuerzas resolvieron burocráticamente en las PASO del mes de agosto la candidatura presidencial del espacio. Al mismo tiempo (y de manera mucho más solapada) poderosos intereses fácticos comenzaron a aportar cuadros provenientes de la gestión empresarial al delineamiento de un posible gobierno de Macri, que sería, de concretarse, la presidencia del PRO y no, por más que les pesara a sus aliados, una experiencia de coalición.
A la consolidación de esta herramienta electoral contribuyó la mirada complaciente de periodistas y poderosos medios de comunicación. Estos disimularon las diferencias en la alianza opositora y resaltaron las contradicciones en un oficialismo que tardó (demasiado) en comprender que la elección se podía, efectivamente, perder y continuó enfrascado en arrojar sal sobre las heridas abiertas en Buenos Aires y otras provincias por las conflictivas internas partidarias.
En octubre, la derrota del FPV en Buenos Aires fue inexcusable. Las peores conjeturas se vieron superadas por la durísima tarea que implicó asumir la victoria de la “afuerana” María Eugenia Vidal por más de cinco puntos y la pérdida de no menos de 45 municipios en manos de candidatos que en la mayoría de los casos no provenían de la UCR. Los sorpresivos ganadores fueron hombres y mujeres producidos al modo “Duran Barba”, esto es: recién llegados a la política y sin experiencia comprobable (ni reprochable) en la gestión pública.
Este cataclismo arrastró a la fórmula presidencial del FPV y posicionó inmejorablemente a Cambiemos para el 22 de noviembre. Por supuesto, hablar de traición era una desmesura, propia de quienes creen que la política se explica desde un dogma. Lo que se produjo en forma generalizada fue la táctica del «sálvese quien pueda». En octubre, los viejos “Barones del Conurbano” mandaron a cortar boleta en este orden: Aníbal Fernández y Daniel Scioli, pero no percibieron que gran parte del problema eran ellos mismos (por lo menos, desde la derrota de Néstor Kirchner en el 2009).
Quedó así para Cambiemos la mayoritaria representación poliforme de la ruptura con la década kirchnerista, la aspiración ambigua de un nuevo tiempo político, el deseo de constituir el punto y aparte para un estilo de conducción presidencial y la materialización del instrumento electoral eficaz en soldar efectivamente distintos tipos de enojos y reclamos. Por su parte, el FPV se vio inmerso en el inmovilizante intento de cohesionar a la fuerza propia para recién luego, y tardíamente, disputar la subjetividad de una importante cantidad de ciudadanos que no se sentían representados por el oficialismo o por el macrismo.
Novedades…[2]
Por primera vez desde la instauración de sistema electoral universal, obligatorio y secreto en 1916 la derecha argentina accede al gobierno de la República a través de elecciones legales libres y democráticas sin ningún tipo de restricciones. No lo hizo a través de un partido articulado en el modo tradicional sino por medio de un variopinto frente de espacios políticos, muy acorde a lo que parece exigir una época dominada por la fragmentación ideológica, social, política y cultural. Lo hace esgrimiendo un paradójico modo de entender la política, esto es, rechazándola como práctica institucionalizada en partidos y rechazando radicalmente para sí misma el estar ejerciendo una actividad política como tal, con sus correlatos ideológicos y discursivos. Lo que ofreció al electorado es desembarazarse de la actividad política para dejarla en manos de expertos y técnicos que provean un marco de funcionamiento relativamente automático y libre de conflictos de la sociedad.
Esta nueva derecha, tan prolijamente construida, es sobre todo una utopía que ha logrado calar incluso en lugares donde se pretendía que era imposible, las clases medias bajas, los pobres, los excluidos. La simple y efectiva “racionalidad” de la construcción de un aparato de inclusión articulado por el Estado (a través del crecimiento productivo y la redistribución) que llevara, en el mediano y largo plazo, al bienestar general, de pronto no ha podido imponerse claramente a la propuesta utópica de un bienestar instantáneo y mágico, individual y no construido colectivamente.
Es que la derecha que mentamos ha logrado campear por sobre las urgencias, frustraciones y resentimientos, eficazmente remitidos a un origen ligado a la “corrupción”, las “malas intenciones”, incluso la “maldad” de lo que administran el Estado “políticamente” e “ideológicamente”, dos de los sambenitos que esta derecha usa con más eficacia.
Con apenas un puñado de proposiciones que no esbozan mínimamente un programa de acción ni de medidas, sino simplemente una descripción cuasi naif de lo porvenir, prometen “libertad ciudadana, libre mercado, no intromisión del Estado”, propiciando un mundo de “expansión mental” para la ciudadanía, mundo compuesto de bienestar, goce y realización personal.
¿Qué derecha es esta que no promete, al menos de modo privilegiado, “competencia” e “individualismo meritocrático” como uno de sus principales argumentos? ¿Qué derecha es esta que ha cabalgado por sobre las oscuridades de los partidos tradicionales obligando a muchos de ellos a cambiar, primero de estrategia, y luego de “esencia”? En primer término es una derecha que toma por las astas la tan mentada “globalización”.
El dilema de la normalidad
Aunque es indudable que el Gobierno que se va y aquellos que trabajan en su política cultural estaban avisados, el mérito de entregar “un país normal” (o que empieza a acercarse a cierta normalidad y estabilidad) tal como prometió largamente Néstor Kirchner resultó insuficiente para los deseos de satisfacción construidos sobre “sueños” utópicos y artificiales. Los “sueños” construidos sobre materialidades (el trabajo, el desarrollo tecnológico, la protección social, la regulación del mercado) parecen ser percibidos como adoleciendo de un “peso” que la “levedad” del sueño utópico propuesto por la derecha no posee.
Ese es el gran triunfo cultural de la derecha, haber desplazado los significantes “autoritarismo”, “violencia”, “antidemocrático”, que históricamente le estuvieron asociados en estas tierras, hacia aquellos que intentaron recomponer el entramado destruido por la “vieja” derecha, pero que no pensaron suficientemente los signos de época.
Este 10 de diciembre se producirá un nuevo traspaso de mando presidencial en la República Argentina. Este hecho, por sí mismo, ya es gran mérito colectivo. Por primera vez, en décadas, la transición entre mandatarios de distinto signo ideológico se realizará en un clima de estabilidad social y política que recién con el tiempo se podrá apreciar correctamente.
Luego, desde su primer día de gobierno, Mauricio Macri deberá actuar en función de las expectativas generadas en ese 51 % de los argentinos que lo apoyaron en el ballotage e intentará generar confianza en ese 49 % de argentinos que no lo votaron, preocupados por las medidas de ajuste económico que Cambiemos siempre anunció como inevitables.
También, previsiblemente, tomará medidas a favor de los intereses sectoriales que representa y que han conquistado lugares protagónicos en el nuevo gabinete nacional.
El mayor o menor impacto de estas decisiones en la vida cotidiana de los ciudadanos, en el tejido productivo del país y, sobre todo, en provincias gobernadas por la oposición y que no forman parte de la Pampa Húmeda, deparará nuevos desafíos para el presidente Mauricio Macri y el bloque de poder que lo sustentó exitosamente hasta esta instancia.
[1] Docente universitario en Historia, escritor y analista político.
[2] Los dos siguientes párrafos fueron tomados de una nota escrita previamente con Luis R. Ibáñez, a quien agradezco su autorización para utilizarla.
catamarca digital
Anabela Soria, Periodista, nacida en Frias, Santiago del Estero el 15 de abril de 1974, comenzó sus estudios de Licenciatura en Periodismo y Comunicación, en la Universidad Nacional Córdoba en 1989 hasta su titulación en 1994, cuando comenzo a producir radio en la Localidad de Villa Carlos Paz y luego en Rio IV, posteriormente comenzó como correctora de medios gráficos y digitales a día de a fecha, actualmente radicada en Catamarca.