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Los años de espera

Son las siete y diez de una mañana de lunes de invierno horrible. Hace siete segundos que entramos al auto para ir a la escuela. La familia entera sale a ganarse la vida, como el mandato y la clase social indica y siete segundos más tarde —el tiempo que tardo en sentarme, cruzar el cinturón de seguridad de una punta a la otra y poner la llave en el tambor—, escucho el primer pedido del día.

—¿Puedo poner música, pa?

Siete segundos, pasaron. Lo sé porque lo cronometré para poder escribir estas líneas. No diez, no veinte, no cien: siete segundos. Y entonces la menor de mis hijas, que tiene cinco, pregunta por primera vez:

La pregunta —inocente, dulce y hasta divertida— me corta como el filo de una gillette. Siento la incomodidad de decirle que no, que espere, que no puede crecer pensando que cada cosa va a pasar exactamente en el momento que lo desee. Que así no funcionan las cosas, que el mundo tiene sus tiempos, que los procesos naturales…

—¿Yo puedo elegir? —replica la mayor.

Arranca una suerte de pelea interna por ver quién va a elegir la música de un viaje que no empezó, porque todavía ni siquiera arranqué el auto.

Me doy vuelta, las miro a los ojos: “No, van a tener que esperar”. Y antes de que empiece la protesta, les cuento la alegoría del videoclub.

Crecí en un mundo que ya no existe. Hasta hace poco estaba seguro de sentir nostalgia de aquellos días donde todo estaba a punto de pasar. Siempre creí que esa santificación del pasado estaba anclada únicamente a la añoranza de una juventud que se me va escapando. Pero ahora empiezo a dudar: probablemente sea el paso del tiempo golpeando la puerta, pero tengo la sospecha de que vivíamos mejor hace cuarenta años. Sabíamos no hacer nada. Éramos mucho más dueños de nuestro tiempo y ahora, que todo está a dos clics de distancia y que en un mismo día podemos hacer lo que antes nos llevaba meses, sentimos el pulso de la urgencia golpeando el pecho desde adentro: el apuro, las ansias, la urgencia.

La hiper personalización llegó, estoy convencido, para romperlo todo: la idea de pensar en vivir en un mundo para todos mutó: ahora hay un mundo para cada uno. Los algoritmos —esa palabra que descubrí en análisis matemático y que ahora se volvió un cliché— hicieron su trabajo tan paulatinamente que no nos dimos cuenta: la telaraña del futuro nos envolvió a todos y medio que no podemos, no queremos, no sabemos salir. Ahora, que cada una de todas las decisiones que podemos tomar en el día son personalizables, la intolerancia es regla: ¿por qué debería pensar en el bien común si tengo a mi alcance la posibilidad de vivir en la realidad que yo quiera? Las películas que me gustan, el clima perfecto durante todo el año, las opiniones que refuerzan lo que pienso en cada pantalla y en cada parlante, sin contradicciones ni nadie que me diga algo que pueda llegar a poner en tensión.

Les cuento a mis hijas, entonces, que hubo un tiempo —que fue mi tiempo y que no fue hace tanto— donde esperábamos a que llegara el fin de semana para ver si, por casualidad, mis viejos querían ver una película y nos llevaban al videoclub.

—¿Netflix es un videoclub? —pregunta la menor.

—Es como Netflix pero de viejos —asegura la más grande.

Yo intento explicarles la lógica. Que íbamos hasta un lugar sin saber si encontraríamos o no la película que queríamos ver. Que a veces nos llevábamos esa película a casa y que la copia estaba en mal estado y se veía todo mal. O que te cobraban multa si no rebobinabas la cinta antes de devolverla y demás historias arcaicas. Ellas se ríen como cuando les cuento travesuras infantiles. La charla va saltando de un lugar a otro. Quieren saber un montón de cosas de mi época. Me martillan a preguntas y yo respondo mientras me voy despabilando. Mi mujer me mira sin saber por qué hablo tanto tan temprano. Tengo la boca llena de respuestas. Entonces explico, contesto y vuelvo a explicar, hasta que llegamos a la escuela y se pierden en la marea infantil después del beso de buen día, mucha suerte, sé feliz y demás.

Después me quedo pensando. No sé bien del todo qué busco cuando les enseño a esperar. A veces creo que les estoy haciendo un bien: el verano una vez al año, el sueño de noche, el desayuno en la mañana, etcétera. Pero después, cuando vuelvo a sumergirme en la lógica del mundo creado a medida, siento que les estoy enseñando cosas que nunca van a usar. Por las dudas, como cuando les escondemos alguna nota en la mochila deseándoles suerte, prefiero llenarlas de recursos. Porque, si algún día finalmente pasa y el futuro también se aburre del vértigo, prefiero que sepan que hubo una época, hace algunos años, donde no teníamos casi nada y supimos ser felices.

NM/MG

catamarca digital
Anabela Soria, Periodista, nacida en Frias, Santiago del Estero el 15 de abril de 1974, comenzó sus estudios de Licenciatura en Periodismo y Comunicación, en la Universidad Nacional Córdoba en 1989 hasta su titulación en 1994, cuando comenzo a producir radio en la Localidad de Villa Carlos Paz y luego en Rio IV, posteriormente comenzó como correctora de medios gráficos y digitales a día de a fecha, actualmente radicada en Catamarca.