Los clubes de barrio atraviesan la crisis económica con más gente adentro y, paradójicamente, menos recursos para sostener sus actividades. Quienes ya no pueden pagar un gimnasio o una escuela deportiva privada se acercan a instituciones donde la cuota puede costar hasta cinco veces menos. Pero muchos socios pagan tarde o dejan de pagar y las tarifas suben mientras que el financiamiento del Estado nacional se redujo casi por completo. Para mantenerse en funcionamiento, los dirigentes acortan horarios, reemplazan personal remunerado por voluntarios y buscan aportes de vecinos y comerciantes.
“Los clubes siguen existiendo prácticamente por voluntad, esfuerzo, amor y dedicación”, dice a elDiarioAR Cristian Font, presidente del Observatorio Social y Económico de Clubes de Barrio y Afines. Daniel Pacín, secretario general del Club Franja de Oro y de la Confederación Argentina de Clubes de Barrio, agrega: “El problema más angustiante para cualquier dirigente es llegar a principio de mes y preguntarse cómo va a pagar los servicios”.
Más socios, menos ingresos
El Club Franja de Oro, en Pompeya, tiene unos 3.000 socios. Pacín calcula que la cantidad creció entre un 15% y un 20% en los últimos dos años. La cuota del grupo familiar es de 18.000 pesos mensuales, pero no todos pueden afrontarla. “Hay familias que llevan a dos hijos y solo pueden pagar la cuota de uno. Entonces tenemos que becar al otro”, cuenta en diálogo con elDiarioAR.
“Por primera vez, en los 25 años que llevo como dirigente de un club, veo que recibimos más personas. Tenemos más gente en el club y menos presupuesto”, dice Font. Según el Observatorio, la morosidad, que habitualmente rondaba entre el 20% y el 30%, ahora oscila entre el 35% y el 50%, y llega al 70% en barrios vulnerables.
También se retrasan los ingresos. Los pagos que antes llegaban entre el 1 y el 5 de cada mes ahora se reciben entre el 12 y el 20. Font lo atribuye al endeudamiento de las familias y al aumento de los servicios y los alimentos. “La gente no es que no paga porque no quiere, sino que no paga porque no tiene”, señala.
Las otras dos fuentes principales de ingresos, el buffet y el alquiler de salones, también registran una caída superior al 33%, según datos del Observatorio citados por Pacín. Mientras tanto, las facturas se acumulan. Hace unos meses, el Club Social Parque, de la Ciudad de Buenos Aires recibió una boleta de luz de cinco millones de pesos y tuvo que pagarla en cuotas. Los clubes inscriptos en el régimen nacional cuentan con tarifa social, pero el beneficio alcanza solo a un bloque de consumo. El excedente se paga a tarifa plena.
Aumentar las cuotas tampoco resuelve el problema. “Si aumenta mucho la cuota deja afuera a sus socios; si no la aumenta, absorbe el deterioro económico”, explicó Sergio Palmas, director de Táctica y subsecretario de Deportes de la Nación entre 2019 y 2023. En la encuesta 2026 de esa organización, realizada sobre 374 clubes, el 41,4% registró un aumento de la mora durante el último año.
Menos horas de actividad y más trabajo voluntario
El ajuste alcanza especialmente a las actividades nocturnas. En Franja de Oro, una categoría de fútbol infantil redujo sus entrenamientos de una hora y cuarto a 45 minutos, mientras que el vóley termina a las 22 en lugar de las 23 para ahorrar electricidad. La pileta climatizada, la única de un barrio que Pacín describe como “uno de los barrios más humildes de la ciudad”, abre solamente en verano. Hace cuatro años que los costos del gas y la electricidad impiden calentar el agua.
La reducción de gastos también modifica el funcionamiento cotidiano del club. Donde antes trabajaban tres personas de limpieza ahora queda una. Los sábados, padres y madres se turnan para limpiar los baños. En la pileta, los integrantes de la subcomisión se reparten las tareas que antes realizaba un piletero. A los socios que no pueden pagar la cuota se les propone colaborar con algún arreglo o cobrar las entradas.
Los aportes de los comerciantes ayudan a cubrir las facturas. Uno paga 40.000 pesos por un cartel publicitario; otro, 50.000. “Con varios aportes de ese tipo se puede llegar a pagar el gas”, explica Pacín.
Font menciona otras estrategias, como la organización de bailes, rifas y eventos para recaudar fondos, además del pago fuera de término a proveedores. Según Táctica, la consultora especializada en el análisis de políticas públicas y datos sobre el deporte argentino, siete de cada diez clubes organizan actividades adicionales para obtener ingresos y el 52,1% se gestiona de manera completamente ad honorem, con dirigentes que muchas veces ponen “dinero de su propio bolsillo”.
Pero ese esquema también encuentra límites. “La gente tiene menos tiempo para dedicarle al club y también disminuyeron los aportes de quienes podían poner un peso de más”, advierte Pacín.
En Franja de Oro, 400 chicos juegan al fútbol infantil en cuatro ligas que generan déficit. Reducir la participación permitiría bajar los gastos, pero tendría un costo para las familias. “Si nos quedáramos con una sola, dejaríamos a 300 chicos afuera”, explica el dirigente. Pedro Villarreal, presidente de la Unión Nacional de Clubes de Barrio, planteó esa misma preocupación: “Cuando una actividad se cierra, no se pierde solamente una disciplina deportiva, se pierde un espacio de contención”.
Menos financiamiento nacional y proyectos de asistencia
La reducción de los recursos públicos agrava las dificultades económicas de las instituciones. Según Táctica, la ejecución de las partidas nacionales para clubes de barrio cayó un 98,8% en términos reales entre el primer semestre de 2023 y el mismo período de 2026. En 2024 se eliminó el programa Hay Equipo, que pagaba la cuota social de chicos de familias vulnerables. “Con el Gobierno nacional directamente no hay diálogo ni políticas para los clubes de barrio”, afirma Pacín.
El Ejecutivo nacional exigió a los clubes reempadronarse para conservar la tarifa social y prorrogó el plazo hasta el 31 de diciembre. Según el Ministerio de Economía, la medida busca “ordenar el sistema de subsidios energéticos” y garantizar que “ningún club de barrio que necesite el subsidio lo pierda”.
Desde las instituciones, Villarreal reclama una respuesta más amplia. “Lo que necesitamos es que se cumpla y se fortalezca la Ley 27.098, que haya una tarifa acorde al rol social de los clubes, programas de financiamiento e infraestructura”, dijo a El Equipo.
En la Cámara de Diputados, Natalia Zaracho, de Unión por la Patria, presentó un proyecto para crear una “Tarjeta Club”, una prestación mensual destinada a las instituciones y financiada con impuestos a las apuestas online. La propia diputada admitió que, en el contexto actual, “es muy difícil que salga”.
En la Ciudad de Buenos Aires, las federaciones y el legislador Alejandro Grillo impulsan una iniciativa para reintegrar durante dos años el 40% de las facturas de luz y gas. “No pedimos que nos regalen nada, sino una articulación”, dice Pacín. El proyecto tiene dictamen de la comisión de Deportes desde junio y espera tratamiento en Presupuesto.
Las perspectivas de los dirigentes están atravesadas por la incertidumbre. “Si la situación sigue igual, el próximo año será triste para los clubes: muchos tendrán que reducir todavía más las actividades o los horarios de práctica”, proyecta Pacín.
Font, por su parte, plantea una incógnita que las estadísticas no alcanzan a responder: “Lo que no permiten medir estas estadísticas es hasta cuándo todo ese amor, esa pasión, ese sentido de pertenencia que generan los clubes va a seguir motorizando a las comunidades”.
LN/CRM










