Dos días después de que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) informara la nueva caída de la construcción y la industria en julio, un día después de que revelara que inclusive un sector estrella como la minería también bajó por segundo mes consecutivo, el organismo reportó que en agosto la inflación al menos descendió. Y lo hizo hasta alcanzar el 1,7%, el menor nivel desde el 1,6% de junio de 2025.
El ajuste fiscal y monetario, la sobrevaluación del peso -el dólar domado en torno de $1.500-, la apertura a importaciones más baratas que la producción local, el deterioro salarial y, por consiguiente, del consumo constituyen las principales causas de la merma del índice de precios al consumidor (IPC).
La receta que aplicó Milei desde un principio de su gobierno, similar a la que habían impuesto otros países que lograron doblegar la inflación, iban a provocar una profunda y larga depresión del mercado interno, según reconocían por aquel entonces empresarios cercanos a él y académicos de la economía. Y así sucedió.
La economía crece, aunque poco, por el impulso de los sectores exportadores de materias primas, pero mientras tanto caen año tras año los que más empleo generan, como la construcción, la industria y el comercio, que ya de por sí venían afectados en el final del gobierno anterior. El enfriamiento de la actividad doméstica aquieta los precios, que es la promesa y la obsesión del presidente Javier Milei. No está mal bajar la inflación, pero la pregunta es cómo y si es sostenible.
Hay sectores que se abarataron: ropa y calzado, un 0,6%. Recreación y cultura, tras las vacaciones de invierno, mantuvieron congelados sus valores. Equipamiento y mantenimiento del hogar fueron de lo que menos aumentaron: 1,4%. Los rubros que más se encarecieron incluyen a vivienda (alquileres), luz, gas y agua, un 2,8%; educación, 2,5%; bienes y servicios varios, como cuidado personal, y salud (prepagas y remedios), 2.4%.
En los alimentos hubo fuertes subas de la banana (30%), la papa (22%), la cebolla (42%) y el zapallo (35%). En cambio, bajaron los precios de pan, 2,6%, paleta, 0,4%, pollo -aparece el importado de Brasil, 0,5%, salchichón, 3,8%, yogur, 1,4%, manzana, 1,6%, limón, 2,3%, naranja, 0,9%, lechuga, 18% y tomate, 17%. También cuesta menos el vino, 0,6%, que sufre la merma mundial del consumo; el algodón, 1,3% y los pañales, el 1,4%, al compás de la reducción de la natalidad.
En el área metropolitana de Buenos Aires (AMBA), hay varios rubros bien por encima del IPC: pan y cereales, 2,4%, aceite, grasa y manteca, 2,2%, frutas, 6,9%, aguas, gaseosas y jugos, 2,7%, tabaco, 2,9%, alquiler, 2,3% -firme arriba de la inflación pese al discurso oficialista de que la desregulación y la mayor oferta iban a bajar los valores-, luz y gas, 2,5% -tarifazos mediante-, bienes y servicios para conservación del hogar, 2,2%, medicamentos, 2%, prepagas, 2,1%, transporte público, 2,9% -se viene más caro y peor, por la menor frecuencia-, telefonía e Internet, 2,5%, servicios recreativos y culturales, 4,5% -donde se abarataron fue en el noroeste del país-, educación, 2,5%, restaurantes, 2,5% y cuidado personal, 2,3%.
La canasta básica alimentaria y la total se encarecieron 2,6%, por encima de la inflación, lo que puede agravar la indigencia y la pobreza, respectivamente. Lo que antes se llamaba familia tipo, de cuatro integrantes, y que cada vez es menos usual necesita ahora $1.605.000 para no ser pobre y 726.000 para no ser indigente.
AR/CRM










