Después del estreno de Jurassic Park, en el ’94, la cantidad de alumnos que entraron a estudiar Paleontología a la Universidad de La Plata se multiplicó exponencialmente. Y al recibirse quisieron entrar al CONICET, que en ese momento estaba destruido», recuerda Pablo Gallina, de 35 años y más de diez de profesión, tras haber estudiado Biología en la Facultad de Ciencias Naturales de La Plata. El «bichito» paleontológico no le picó de niño, como sí le pasó a muchos de sus compañeros, sino que descubrió su vocación con el tiempo, aunque confiesa que la mítica película de los dinosaurios influyó en él, igual que en varios platenses de su generación.
Quizá desde aquel estreno no haya habido en el país un mes en el que los dinosaurios hayan sido tan protagonistas como este, a partir del anuncio de dos hallazgos: uno en la provincia de Neuquén, donde fueron descubiertos restos de un saurópodo de la familia de los diplodócidos, similar a los que se veían en el emblemático film, que hasta entonces no se sabía que habían pisado América del Sur; y el otro en un campo de Chubut, donde un peón rural encontró el fémur de lo que se cree fue el dinosaurio más grande del mundo.
El primer descubrimiento fue en Bajada Colorada, sobre el valle medio del Río Limay, y estuvo a cargo de Gallina y su colega Sebastián Apesteguía, ambos investigadores del CONICET en la Fundación Félix de Azara, de la Universidad Maimónides, asociados con el equipo paleontológico neuquino del Museo Municipal Ernesto Bachmann, de Villa El Chocón.
En diálogo con Tiempo Argentino, Gallina adelanta que su equipo informará pronto sobre nuevos descubrimientos. Habla de su trabajo, sus logros, y también describe el panorama general de su profesión en la Argentina respecto del mundo. Se preocupa por que sus dichos no suenen a propaganda, pero aclara: «Hay que ser realistas. Tenemos que reconocer que en los últimos años hubo muchísima más inversión desde el Estado para estas investigaciones.»
–¿Cuál es el significado histórico del hallazgo en Neuquén?
–Son varios. En primer lugar, por suerte en nuestra Patagonia tenemos muchos hallazgos de dinosaurios y conocemos mucho del período Cretácico, sobre todo el superior y la parte más alta del inferior. Pero había un segmento temporal del Cretácico, hace 140 millones de años, del cual no teníamos rastros. No sabíamos qué animales habitaban allí en esa época, con lo cual el hecho de encontrar algo ya era novedoso. Descubrimos los restos hace tres años, pero son cosas que no pueden estudiarse hasta que no se limpian y preparan minuciosamente en el laboratorio. Eran cosas rotas, no tenían mucha forma. Decidimos sacarlos con las rocas, en lo que llamamos un gran «bochón», y cuando terminamos de limpiar nos encontramos con una nueva especie de dinosaurio, que pertenecía a una familia nunca antes hallada en Sudamérica. Los diplodócidos son una familia de cuello y cola larga, herbívoros, que habitaron Norteamérica, parte de Europa y África en el Jurásico, 150 millones de años atrás. Se creía que para esa época se habían extinguido. Ahora lo novedoso es que están en Sudamérica y que pertenecen al Cretácico, es decir, sobrevivieron en la parte más baja de esa etapa.
–¿Cómo continúa la búsqueda? ¿Se puede seguir encontrando algo importante en esa zona?
–Todo lo que encontremos va a ser novedoso porque no sabemos absolutamente nada de esa época. Hay otro grupo de paleontólogos en Neuquén, más al norte, en un yacimiento, que también buscan elementos de ese período. Lo que hallemos nos va a mostrar cómo eran las faunas entonces y nos va a permitir relacionarlas con las que vinieron después. No buscamos en cualquier lado. Contamos con el trabajo previo de geólogos de campo que hicieron mapas en los que marcaron en qué tiempo se depositaron esos sedimentos. Entonces, ya sabemos que en Neuquén, en esa zona, las rocas tienen una edad determinada. Bajada Colorada, por ejemplo, es uno de esos lugares.
–¿Tienen suficientes recursos en el país para hacer su trabajo?
–Por suerte, en estos últimos años tenemos más posibilidades de contar con apoyo nacional que extranjero. Nuestro sueldo es del CONICET, pero para los trabajos de campo, que son caros, hacen falta subsidios, que cubren comida, transporte y lo necesario para la gente que va a estar en lugares en general remotos. Hoy contamos con subsidios del CONICET y de la Agencia del Ministerio de Ciencia y Tecnología. También tenemos ayuda del exterior, por ejemplo de Jurassic Foundation (organización estadounidense formada con el dinero recaudado de la película) y a veces de National Geographic. En los últimos años, los subsidios locales a largo plazo nos permitieron hacer este tipo de estudios. Porque, en general, el subsidio extranjero es un monto de dinero determinado y hay que administrarlo. En cambio, los locales son a largo plazo, de dos, tres o cuatro años, y uno se asegura que por ese tiempo cubre los gastos de campaña, de laboratorio y toda la actividad científica. Hace diez o 15 años, los subsidios eran muchísimo menores. La mayoría de las investigaciones se hacían a pulmón o con subsidios extranjeros. (El paleontólogo José Fernando) Bonaparte estuvo diez años subvencionado por National Geographic. Hoy estamos preparados como cualquier país. Los equipos están al mismo nivel.
–¿Hay muchos paleontólogos en el país?
–Por suerte hoy, comparándonos con hace 30 años, se incrementó muchísimo el grupo. Yo diría que hay el triple de paleontólogos que en ese momento. En los años ’70 y ’80, en el Museo de Buenos Aires estaba Bonaparte, que tenía un grupo de estudiantes. Luego ellos se fueron a distintas regiones del país y formaron sus propios grupos de trabajo. Ahora hay importantes grupos en museos de Neuquén, Chubut, La Rioja, Salta, y en Buenos Aires somos varios. Año tras año el número de paleontólogos se va incrementando porque cada vez son más los estudiantes de la carrera, que se cursa solamente en La Plata y Buenos Aires. Hacen sus doctorados y después se insertan en la investigación.
–¿Cómo deciden a qué abocarse?
–Hay bastantes paleontólogos trabajando en muchísimos temas. No es sólo búsquedas de dinosaurios. Nosotros apuntamos al Cretácico y a sus faunas terrestres. Apesteguía, el coautor de esta tarea, trabaja con lagartos fósiles. Yo me especializo en dinosaurios saurópodos. Me surgió el interés por este grupo y después hice mi doctorado especializado sobre titanosaurios. En paralelo, estamos trabajando en otros lugares de otras épocas. Podía pasar que hiciéramos las tres campañas que hicimos en Neuquén y no encontráramos nada; entonces, teníamos que irnos a otro lado. También estamos trabajando en Río Negro y en otra zona de Neuquén y ya encontramos cosas que se publicarán este año o el que viene. Es siempre un trabajo a largo plazo.
–¿Qué hace falta para ser un buen paleontólogo?
–Es una carrera que no se elige por réditos económicos sino por un gusto o pasión personal. Para ser un buen científico hay que ponerle la mayor dedicación, leer mucho y estar permanentemente en contacto con científicos de tu país y el resto del mundo, porque cada hallazgo cambia la historia. Se actualiza permanentemente. Se trata de encontrar respuestas a cómo era nuestro planeta en distintas épocas geológicas. Es algo que nos parece muy difícil de comprender por el poco tiempo que vivimos. Lo interesante es la permanente búsqueda de saber cómo era todo esto. «
Un dinosaurio pesado y de cola ancha
La especie encontrada por el equipo de Gallina y Apesteguía en la provincia de Neuquén fue bautizada como «Leinkupal laticauda», que en idioma mapuche significa «familia de cola ancha que desaparece», ya que se trata del último hallazgo mundial conocido de un dinosaurio de la familia de los diplodócidos, cuya cola –que determina otra rama de estos animales prehistóricos– y les servía para dar coletazos laterales. Mide nueve metros de largo.
Los investigadores del CONICET encararon tres campañas, en 2010, 2012 y 2013. En cada una de ellas, el equipo dirigido por los investigadores –integrado por entre seis y ocho personas–, trabajó en el yacimiento durante un mes.
El hallazgo fue publicado en la revista especializada Plos One como el último diplodócido que vivió a nivel mundial, proveniente de rocas cretácicas. Bajo el número de colección MMCH-Pv 63-1, los materiales fósiles originales de este saurópodo se encuentran depositados en el Museo Paleontológico Ernesto Bachmann, de Villa El Chocón.
El más grande de todos
Los restos del dinosaurio más grande jamás descubierto fueron hallados en la meseta chubutense, en proximidades de la localidad de Las Plumas. Anunciado a mediados de mayo, dos días después del de Neuquén, el hallazgo en realidad se produjo en 2007.
El peón de campo Aurelio Hernández les avisó a los dueños del lugar y ellos se comunicaron con el departamento técnico del Museo Paleontológico Egidio Feruglio, de la ciudad de Trelew, 260 kilómetros al este de las 12.800 hectáreas de la estancia La Flecha, en el paraje El Sombrero. Con el tiempo, comprobaron que lo hallado era el fémur de 2,40 metros de un saurópodo gigante, cuyo peso estimado habría estado entre 80 y 100 toneladas.
Hay planes para realizar un circuito turístico en el lugar, donde habría restos de otros siete dinosaurios similares. El secretario de Turismo y Áreas Protegidas de Chubut, Carlos Zonza Nigro, anticipó que impulsan crear un área protegida.










