La deuda externa pública per capita cayó un 60% desde 2004. Nuestro país se ha sacado de encima un terrible lastre que legaron la dictadura militar y el régimen de convertibilidad. La mala nueva es que se agotó el margen del Tesoro para financiarse con inflación sin provocar tensiones en el mercado de cambio. Por Ramiro Castiñeira * La deuda externa en la historia argentina tuvo un rol protagónico las últimas décadas. Salió a escena con la última dictadura, que disponía de fluido financiamiento desde el exterior. Tras su paso, la deuda pública subió de 13,8% del PBI a 46,8% del PBI, según datos del FMI. A principios de los noventa llegó el lavado de deuda que implicó el Plan Brady. Los nuevos gobiernos democráticos reconocieron como propia la deuda de la dictadura, acto que abrió nuevamente el acceso a los mercados de deuda para América Latina. Sin sacar ni una moraleja del pasado, la Argentina se hizo otra panzada de endeudamiento externo en la década de los noventa. La deuda pública pasó de u$s 64 mil millones en 1993 a u$s 141 mil millones minutos antes de anunciar un nuevo default del 2001. La necesidad de compensar a bancos y ahorristas por la trampa de la convertibilidad, más los intereses que corrían de la deuda en default, llevó la deuda pública a un total de u$s 191 mil millones en 2004, equivalente a 124% del PBI. CAMBIA TODO En 2005 llega el canje de deuda e inicia el periodo de desendeudamiento del Estado. El exitoso canje logró una adhesión voluntaria del 92%, y redujo el monto adeudado en u$s 48 mil millones, además de reducir el pago de intereses y alargar plazos para su pago. La crisis internacional y sequía local de 2009, pulveriza el superávit fiscal. El Gobierno estatiza las AFJP para hacerse del flujo de los aportes, además de reducir el stock de deuda pública en manos de privadas en cerca de u$s 36 mil millones. El Gobierno nunca procuró recuperar el superávit fiscal y comenzó a pagar la deuda pública apoyado solamente en el impuesto inflacionario. Desde 2009 al 2011 el uso del impuesto inflacionario no implicaba devaluación gracias al colchón cambiario existente. Pero la constante pérdida de competitividad llevó al atraso cambiario para fin de 2011. Para ese entonces la deuda pública en manos privadas y organismos internacionales había descendido en u$s 108 mil millones de dólares entre fin de 2004 y fin de 2011. La deuda neta sumó 83 mil millones a fin de 2011, equivalente a 19% del PBI, los cuales u$s 25 mil millones se adeuda a organismos internacionales y 58 mil millones a privados. De ellos, sólo 41 mil millones en moneda extranjera. En 2004 la deuda pública per-capita era de 5.000 dólares, actualmente representa 2.000 dólares (-60%). OTRO GIRO Los números son elocuentes y el desendeudamiento es un hecho. En 2013 sólo se necesitan u$s 4.600 millones para el pago de la deuda en dólares, y en 2014 sólo u$s 2.400 (0,5% del PBI), si no paga el cupón PBI. Ahora bien, por más baja que sea la deuda, se agotó el margen para financiarse con el impuesto inflacionario, sin que ello no implique devaluación. La notable baja en los vencimientos de deuda en 2013 y 2014, hace que la necesidad futura de impuesto inflacionario dependerá exclusivamente de la magnitud que alcance el déficit fiscal. Si se acompaña la baja en los vencimientos de deuda, con una baja en el déficit fiscal (con quita de subsidios, principalmente al gas), la necesidad de financiarse vía impuesto inflacionario se reduciría significativamente, alentando en consecuencia también una baja en la inflación. En suma, Argentina ya no dispone de la fortaleza macroeconómica de sólo unos años atrás, pero tampoco la debilidad estructural de décadas previas, tal como fue la deuda externa. La deuda fue un lastre que impidió el crecimiento económico y sumó frustraciones. La realidad de Argentina hoy es otra: se sacó de encima la deuda externa, cerrando otra herida que dejó el paso de la dictadura y la convertibilidad. EL CASO EUROPEO Por último, el mundo está mirando como se desarrolla la crisis del euro, que se esconde bajo una montaña de deuda pública. Ahora bien, si Europa finalmente patea el tablero, el impacto de la crisis internacional sobre las economías emergentes, se magnificará en aquellos países que tengan un elevado nivel de endeudamiento en moneda extranjera. El posible estrangulamiento del crédito externo, el derrumbe de las exportaciones y caída de precios de los commodities, sería el natural escenario del Eurogedon. En ese caso, la Argentina no lograría evitar la crisis, como tampoco ningún país del mundo, pero si evitará su propio colapso económico, gracias al desendeudamiento de los últimos años.